Seamos honestos
Estoy con tanto sueño y cansancio como si hubiera trabajado dos semanas de corrido. Es que fue un fin de semana pesado. Primero, que me pasé el sábado haciendo mi investigación de Panorama, y terminé con el cuello adolorido. No pude ir al cine con Al, como queríamos, porque nos comunicamos muy tarde. 'Mejor', pensé. Así tenía chance de ponerme al día en mis correos y tareas pendientes. El domingo siempre estoy en clase hasta la una; a las dos me fui a lo de Mil a hacer el boceto de la tesis con la que está ella tan obsesionada (y yo francamente no) y luego nos quedamos viendo la versión extendida de Las dos torres.
Salí a la carrera para la estresante sección de elecciones en la iglesia, que probó que la pastorcracia está de moda. El caso es que al nuestro todos lo queremos muchísimo, pero ¿tiene que ser tan patriarcal? Eso no me cuadra, y no sé cuánto tiempo más me refrenaré, o si serán otros los que estallarán antes.
Siempre me he cuestionado mucho esto de la jerarquización eclesiástica. En el ideal, nuestros líderes nos enseñan; perfecto. Deberían actuar según enseñan, para que nosotros veamos que son sinceros. Pero en la realidad, nos instruyen (en nuestro caso, creo que bien) y, en vez de actuar en consecuencia, quieren que vivamos según ellos dictaminan. Así entienden la obediencia. Pero yo no lo creo así.
Por ejemplo, yo no puedo pretender que mis alumnos sean como yo (¡pobrecillos!) porque no soy ningún angelito a imitar. Puedo enseñarles cosas, ayudarlos a encontrar respuestas; mi mayor ambición es despertar en ellos una avidez por la Palabra que se traduzca en una personal y fluida comunión con Dios. Más allá, puedo sentar el buen ejemplo, o al menos tratar. Fallo en eso, mi culpa. Pero jamás voy a organizarles la vida, ¿quién soy para eso? No puedo. No debo.
Aún tengo que ahondar en el tema, y encontrar si mi postura tiene más base que mi ignorancia. Pero yo creo que llega un día en que la gente se cansa de ser mangoneada a placer. Lo comparo con la relación familiar. Por más que ames a tus padres, un día eres adulto y entonces se acabó el régimen. Hay abdicaciones, concesiones mutuas, golpes de estado... Pero se acaba.
Solo quisiera que la mayoría de estos crecimientos (de que se dan, se dan) no acabaran en destierro... De eso me acordé cuando (en la película, claro) Aragorn, Legolas y Gimli se encuentran a Éomer, a quien su tío Théoden acaba de echar de casa. Y aunque aquí el culpable sea Gríma y, según Reivaj no debo comparar a nada ni nadie de la iglesia con la ficción, eso es lo que nos pasa muy cíclicamente. Hijo crece - padre se siente amenazado - hijo se atreve a expresar su opinión o sus aspiraciones - hijo excomulgado. Resulta que queremos discípulos bonsai. ¿Y entonces, para qué educar?
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Sorry por el rant, pero un par de horas en la noche del domingo campearon sobre mi fin de semana.
junio 28, 2004
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