Quería empezar quejándome de mi fin de semana. Pero me acordé que yo vivo quejándome, y entonces claro, los niveles de popularidad descienden drásticamente, y no podemos arriesgarnos, no. (Música de fondo: Grillus cantatem).
Ayer, apacible tarde de domingo en la que normalmente hago la siesta salvo la intervención de agentes externos que me entusiasman muy poco, anduve deambulando como tres horas sola por el norte y centro de la ciudad, esperando a alguien -ojalá que estés leyendo esto, Dreaan, y te sientas culpable- que, cual la abejita Hutch buscando a su mamá, me hizo avanzar de posta en posta, hasta que terminé en una esquina desierta y medio oscura cerca de la terminal terrestre, enviando mensajes desesperados para que me vinieran a rescatar. Al fin intentó comprar mi silencio con un helado mágnum de chocolate y maní, pero ya ven que no le resultó.
Todo esto para más de quedarme apenas media hora en el cumple de Dalin y llevarme la torta -de chocolate- envuelta en una servilleta. Buaaa...
Lo que más me pone de malas, supongo, es la falta de sueño, porque de seguro hoy tendré clase, y no he hecho los deberes -rayos- y me pondré a terminarlos a toda prisa durante clase, y hay una reputación que cuidar, especialmente desde que la profe nos tiene puesto el ojo y de que faltamos a las olimpiadas (juro que tenía intención, los que se barajaron fueron otros). Ni siquiera podré desplomarme al llegar a la casa por el cerro de deberes acumulados de las otras materias (solemne promesa de aprovechar mejor mis fines de semana), que encima Sismon y Diaelo esperan que yo les preste alegremente, en vez de ir cuando les digo a hacer la tarea a mi casa, que yo no me molesto en ayudar, pero eso de la copiadera -mía o ajena- hasta el día de hoy no se me da.
Algo que sí me hizo sentir un poco idiota fue escuchar a la mayoría de mis amigos, unos planeando su boda, otros investigando planes de vivienda y tal. No sé si debería sentirme más preocupada por el hecho de que yo no estoy haciendo ninguna de esas previsiones, o porque no tengo ningún interés en hacerlas. ¿Soy diferente, o simplemente tonta? ¿Qué dirían si les contara que aspiro a no trabajar de fijo para nadie, sino vivir de las regalías de mis best sellers? ¿Que no me importa hacer historia en la dirección del trabajo, ni tener una casa al otro lado de la ciudad siempre y cuando tenga dónde vivir, sin perder de vista a mi familia? ¿Que no quiero un auto? ¿Qué lo más pasivo que quiero comprar es una computadora donde guardar mis textos y que, por culpa de ciertas expresiones vertidas por mis padres durante mi tierna infancia, me da por sentirme millonaria cada vez que añado a mi estante un nuevo libro después de haberlo deslomado a lecturas?
Dije que no me iba a quejar, e igual ya me deprimí. ¡Bravo, Dael, linda forma de empezar la semana! No, si contando contigo no necesitas detractores.
septiembre 27, 2004
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